domingo, 26 de octubre de 2008

Dios es mi piloto


A veces, lo que sale publicado en una revista no es exactamente lo que se pensó que se iba a publicar en un momento. Muchos auspiciadores significa que los artículos tienen que tijeretearse. Este que hice con Eliseo Salazar para revista Sábado en el rally de Pucón sufrió esa suerte. No se le cortó mucho, pero para el que quiera leer la versión original, aquí está.

Llueve y hay viento. La gente se pone bajo una carpa gigante, al lado del camino. Deja de llover y sale el sol. La gente sale de la carpa gigante y escucha el ruido de los motores de cerca. Es un día volátil. Como la bolsa de valores. Estamos en el sur, en Pucón, en la sexta fecha del Rally Movil. Y el clima contribuye al mundo tuerca con una necesaria cuota de dramatismo.
Establezcamos algo: esto no es una joda para Videomatch. Veo los autos pasar cerca de una curva y sé que en unos momentos, seré yo él que irá adentro de uno de ellos. Estas son vueltas de prueba, el famoso shakedown previo al comienzo del Rally oficial que empieza el sábado. Pero igual siento olor a tripas, corazón y polvo. Mucho polvo.
El piloto que me llevará de “paseo” no es cualquiera. Es Salazar. Eliseo. El Elías Figueroa de las tuercas. Él que más ganó, el que más lejos llegó y al que más le han cobrado los choques. Eliseo, leyenda nacional, confío en ti.

La verdad, no sé qué pensar, si ponerme nervioso. Antes de ir al encuentro de Eliseo, parado al lado del camino, cierro los ojos pensando en que los autos perderán el control, que se irán derecho encima de la gente que está parada tras una curva. No es pesimismo, es ignorancia. Al tomar las curvas, los pilotos jalan un freno de mano largo para mover la cola del auto y hacer que el auto pase con lo justo. La gente de rally está acostumbrada a ver los autos pasar al filo del choque. Ni siquiera se inmutan. Los corderos nuevos como yo piensan lo peor.
Me dicen que corra hacia la línea de largada, que es mi turno. En el shakedown, por lo general, el piloto da un par de vueltas con su navegante (o copiloto, si se quiere). Las dos vueltas restantes, el cupo va para un sponsor o algún amigo cercano. El shakedown es mitad probar el auto y el terreno y mitad show para la gente del lugar y los auspiciadores. Dentro del show, Eliseo hizo un esfuerzo y subió a Sábado a su auto. Gracias.
Llego donde están los autos, donde los motores parecen juguetes rabiosos. Y entremedio de todo, está Eliseo—agachado, revisando una rejilla justo abajo del parachoques. No hay tiempo para mayores introducciones. El piloto estrecha mi mano y sigue en lo suyo. El auto tiene que estar a punto para la carrera del sábado y Eliseo, obsesivo, tiene que estar seguro de que todo esté bien. Optimo. Diez puntos.
Todos se ríen de mí cuando digo que quiero sacar fotos con mi celular mientras Eliseo maneja. “Es imposible”, me dicen. “Con suerte te vas a poder afirmar”. Entro al auto con el celu igual. Por lo menos para sacar un par de fotos antes de largar.
Los autos de rally son autos de calle, pero enchulados. Una de las grandes diferencias es que adentro se construye una especia de jaula de seguridad, con fierros grandes de donde el copiloto, o sea, yo, se puede agarrar. Los asientos traseros no existen y los asientos delanteros son de plástico con cinturones varios que te dejan amarrado totalmente a la butaca. Entrar en la butaca me tomó largos y tensos minutos en que el copiloto argentino de Eliseo hacia lo posible para dejarme listo para la acción.
Una vez que tengo el casco puesto, llega el primero cachetazo de realidad. Eliseo habla y lo escucho por un audífono. Yo hablo y es él quien me escucha por un audífono. Todo lo que vendría después sería en estereo.
“Hagas lo que hagas, no toques esta palanca”, es lo primero que me dice. Eliseo se refiere al freno de mano largo que los pilotos de rally usan para doblar en las curvas.
La gente abre camino mientras vamos a la largada. Todos miran más de la cuenta. Es el efecto Salazar, que de seguro, debe traer más beneficios que contratiempos.
Yo pregunto por todos los instrumentos raros que tiene la cabina del auto. Pero entiendo poco. Todo lo que logro retener es que el auto tiene tracción a las cuatro ruedas y que hay una lucecita que le avisa cuando pasar los cambios.
“Vamos a ir a un 80 por ciento de lo que el auto puede andar con copiloto”, explica Eliseo bien serio. Uno jamás pensaría que es el mismo tipo bonachón que animó Video Loco a principios de los noventa. Pero bueno. Estoy interrumpiendo en su oficina. Y en la oficina se trabaja.
Lo del 80 por ciento se explica porque en el rally, el copiloto es fundamental. Es el copiloto él que dicta las curvas, él que sabe las sinuosidades del camino. Yo no soy copiloto. Soy un bulto al costado, por lo que Eliseo tendrá que ir mirando la ruta.
Llegamos a la línea de largada. Hay harta gente viendo los autos partir, hartas promotoras en trajes ajustados que me miran por el efecto Eliseo. Qué lindo. Pienso en lo efectivo que debe ser carretear con Salazar al lado, pensamiento interrumpido por el ruido estrepitoso del motor que indica que la partida es inminente.
Yo todavía sostengo mi celu en la mano, por si puedo sacar una foto con el auto en movimiento. Patrañas. Dan la señal y, apenas Eliseo aprieta el acelerador, tengo que dejar el celular entre mis piernas. RRRRMMMmmmm... Mi espalda queda pegada a la butaca y me agarro de inmediato de un fierro que está al costado de la ventana.
Es una sensación sónica. De entrar en una nueva dimensión, en la que el tiempo es más frágil que un bebé recién nacido. La razón es simple: Eliseo maneja a 120km por hora en un camino de tierra realmente horrible, con curvas cerradas y con sectores llenos de piedras del porte de una pelota de rugby. El auto se mueve y los baches se sienten. Y Eliseo, el mismo de la Formula 1, de Indianápolis y de Le Manns, parece una bestia en total control de lo que hace. Estoy entregado a lo que Dios, mi piloto, pueda hacer.
Y no hacer.
La gente al lado del camino parece pequeños borrones de colores. Mientras avanzamos, el camino va develando sorpresas. Alguien (debe haber sido un niño) traspasa la cinta de plástico y se agacha a recoger algo para luego volver disparado a ponerse tras la cinta. Se vio riesgoso. Y luego pasamos por encima de una poza gigante de unos cinco metros de ancho. Pensé que Eliseo iba a frenar un poco, pero la pasamos a toda velocidad mientras sentía un poco de agua mojar el final de la espalda. Los autos de rally, me explicarían después, no tienen aislación para disminuirles el peso.
Curvas más, piedras menos, empezamos a entrar a un área residencial, lo que significa que estamos terminando, que volvemos donde empezamos en la Hacienda Pucón. Y la verdad, no sé si tardamos un minuto, una hora, o un siglo en recorrer el circuito de tres kilómetros. La noción del tiempo se pierde. Y salgo del auto con las piernas débiles y tiritonas mientras las promotoras, curiosas ellas, miran. Qué lindo. Gracias Eliseo.

martes, 19 de agosto de 2008

Cinco Soundtracks


La mayoría de los soundtracks son ahí no más. Por lo general, un gran hit y lo demás puro relleno. Pero hay otros que son notables, que te pueden cambiar completamente la idea de musicalizar una película. Aquí van mis favoritos:

Bob Dylan- Pat Garret and Billy the Kid (1973): Es un álbum cortito y subvalorado para un film sobre uno bueno y uno malo en el oeste. La película es del gran Sam Peckinpah, el mismo de The Wild Bunch. El film y el score fueron un fracaso en su momento. Dijeron que Dylan se había puesto demasiado simple. Amateur. Pero ahí está la belleza de Pat Garret, justamente en su simpleza acústica. Hay un par de canciones instrumentales tocadas con dos notas que son épicas. Y también está el clásico Knocking on heaven´s door. Knock, knock, knocking on heaven´s door. Esa.

The Who- Quodrophenia (1973) Mismo año que el de Dylan, pero un soundtrack totalmente opuesto. Esto es una opera rock. Pero lo bueno es que, a diferencia de Tommy, esto es más rock que opera. El álbum se transformaría en un score para un film el 79. Se tomaría el guión hecho por Pete Townsend para Quadrophenia, pero todos los elementos operáticos serían eliminados. La música de los Who sería usada para contar la historia, como música de fondo.
Quadrophenia es una gran, gran película. Nunca la he visto en Chile y en Montreal pude arrendar una copia viejísima en VHS. Sting actúa como el chico malo, un tipo que de noche deja unas cagadas impresionantes, un tipo que todos admiran, pero que no dice nada y que durante el día trabaja de botones en un hotel. Pero la historia principal es sobre la gran rivalidad entre los mods y los rockers en un pueblo decadente y costero del Reino Unido. Como es de esperarse en algo de los Who, en Quadrophenia hay harta scooter, harta píldora y hartos chicos violentos. Las chicas también son violentas, de esas que carbonean las peleas. El final es grandioso, con una batalla campal en la playa de la hostia.


Neil Young-Dead Man (1995) El día que me compré este soundtrack maté absolutamente lo que pudo ser una buena noche de sexo. Explico: Esto es una banda sonora instrumental, con guitarras lentas y desafinadas. Desgarbadas. Neil Young never sings. En algunos momentos hay diálogos de la peli. Jonny Deep hablando, Iggy Pop hablando. La cosa es tétrica, como para escucharla en un cuarto oscuro con un cigarro y un vaso de whisky. Jamás con una mujer. Yo había llegado recién a Montreal de trabajar en un campamento de niños judíos millonarios y lo primero que hice fue comprarme un par de discos con la paga. En la ciudad, un tipo nos invitó a un grupo a carretear y alojar a su depto en hábitat 67, el gran y futurístico complejo hecho para la expo 67 de Montreal. Claro está. La noche había terminado y Josh, el dueño, o el hijo del dueño, me dio una pieza. Al rato llega una niña, Katherine Shea, linda de cara y generosa de pechos. Como toda beba voluptuosa, también estaba pasada un poco de kilos. Pero andaba bien. Y yo, el pelota, pongo Dead Man en la oscuridad. Y fui hombre muerto. A los cinco minutos Shea, me dijo que sacara eso. Y se dio vuelta enojada. Fue un viaje sin retorno. Gracias Neil Young. Igual el soundtrack es la raja.


Tom Waits y Crystal Gayle- One From the Heart (1982) Esto si que es romántico. Puede que esto sea lo más meloso del rudo Tom Waits, pero funciona de maravillas. Este es un álbum de duetos con harto piano y canciones construidas alrededor de los standards del jazz. Aún así, los temas mantienen el filo algo oxidado de Waits. El film era el primero de Ford Coppola después de Apocalipsis. La cosa se le fue de las manos: gastó mucho y no pudo recuperar la inversión. Declaró bancarrota y muchos de los films que Coppola hizo en los ochenta fueron para pagar las deudas. Al menos quedó un gran soundtrack.

Pink Floyd-Obscured by Clouds (1972) No me gusta mucho Pink Floyd, pero este debe ser su mejor álbum. Hay un poco de sicodelia, pero sobretodo, hay buenas canciones. Temas con estructura y con Gilmour y Waters cantando con una cierta base. Hay melodías bien bellas también. La película nunca la pude ver. Creo que el disco es la música para un film francés llamado la Vallée.

martes, 5 de agosto de 2008

Howard Schultz: El Salvador de Starbucks


Un artículo de mí para revista Sábado.



Italia fue el comienzo de todo. Hace 25 años, durante un viaje, Howard Schultz vio en Milán lo que nadie había visto hasta el momento: llevar el expreso a cada cruce de camino, a cada pequeño pueblo y a cada gran ciudad de Estados Unidos. Fue el tipo de epifanía que puede hacer a un hombre perder la cabeza. Eran tiempos en que Schultz se ponía a llorar cuando su suegro le decía que consiguiera un trabajo de verdad y que dejara a un lado sus sueños de hacer un imperio del café. La idea sonaba descabellada.
A pesar de las lágrimas, Schultz no paró, e hizo el intento de comprar sin éxito una pequeña cadena de cafeterías llamada Starbucks, en la que trabajaba como director de marketing. Como los grandes jefes no le hicieron caso, siguió su propio camino instalando algunas cafeterías en Seattle, en la costa oeste de Estados Unidos. La llamó Il Giornale, probablemente en honor al expreso italiano con el que tanto se obsesionó en ese viaje a Italia.
Pasaron dos años, y Schultz tuvo su chance. Sus antiguos jefes le dieron la oportunidad de comprar la franquicia (el dinero lo reunió de diferentes inversores), y cuatro millones de dólares después, Schultz daba comienzo a Starbucks. Era 1987, y todos sus locales de Il Giornale pasaban a ser parte del nuevo negocio.
En poco tiempo, las operaciones de Starbucks subieron como la espuma de un café cortado. La fórmula era simple y se podría dividir en tres: italianizar los productos ofrecidos con recetas nuevas como el expreso y, años más tarde, el mocaccino o el frappuccino. Hacer de Starbucks una cadena tan acogedora como sea posible, una especie de tercera casa entre el trabajo y el hogar. Y, por último, vender diferentes variedades de granos de café por gramos para uso doméstico. Todo con un sello de calidad altamente aspiracional.
Así, Schultz se demoró poco para darle valor agregado a un producto - el café- al que nadie le había sacado mayor provecho. Él le dio onda a su marca, y con la onda, pudo darse el lujo de llegar a cobrar 5 dólares por una taza. Sin arrugarse.
Los Starbucks crecieron por todo Norteamérica, espacialmente durante los 90. El periódico irónico, The Onion, anunciaba con sorna en 1998 que: "Starbucks había abierto una nueva sucursal en el baño de un viejo Starbucks". Era la invasión del café, una explosión que ni la gente más cercana a Schultz habría podido predecir. El hombre se había dado el gusto de crear una necesidad, pero, más importante, se había dado el lujo de crear una experiencia. La experiencia Starbucks.

En 2000, Schultz sintió que la tarea estaba cumplida y dejó el sillón principal de la cadena. La idea era que Starbucks siguiera andando con el impulso, pero bajo su supervisión. Y así fue, al menos por un tiempo.
Cuando Schultz se bajó del vagón, la franquicia tenía 3.500 locales en el mundo. Cinco años más tarde, Starbucks alcanzaba su local número 10.000. Demoledora expansión por donde se le mire. Schultz iba derecho a su meta de instalar 40.000 locales en el planeta.
No contaba, eso sí, con el desequilibrio de la economía global.
El mercado inmobiliario en Estados Unidos colapsó, y con él, varios vecindarios del sur de California y Florida, dos de los estados más populosos de la unión, quedaron semi vacíos. Y si la América suburbana vive bajo el manto de la incertidumbre, la clase aspiracional que se ha hecho adicta al café de Starbucks, lo piensa dos veces antes de entrar a un local e ir por una taza de "lujo a precio razonable", como Schultz le llama a su producto.
Así, no fue muy grande la sorpresa cuando a principios del mes pasado se anunció el cierre de 600 locales en Estados Unidos.
A eso se suma la gran alza del precio del petróleo y la leche en los últimos meses, quizás los dos fluidos más necesarios para el buen funcionamiento de la cadena. Esta suma de factores ha hecho que las acciones de la franquicia hayan caído a menos de la mitad en un año y medio. Un cuasi desastre para un negocio que parecía indestructible.
Desde afuera, o más bien desde la banca de suplentes, a Schultz no le gustaba lo que estaba pasando con su bebé. Y aunque reconoció que la crisis económica sufrida por buena parte del mundo es un factor importante, el tema no es decisivo para la gran baja de Starbucks. La convicción de poder sacar a la compañía adelante trajo a Schultz de vuelta a la cabeza de la compañía en enero de este año. Poca compasión tuvo con Jim Donald, el CEO saliente:
"La economía ha estado mal, pero eso no debe ser una excusa", dijo Schultz en una reunión de accionistas hace unos meses en Seattle. "Starbucks ha perdido su rumbo, pasando de ser un negocio creativo e innovador a un negocio inserto dentro de una cultura de mediocridad y burocracia".

Schultz, una leyenda de la América corporativa demócrata y alternativa al nivel de Steve Jobs, de Apple, fue recibido con los brazos abiertos por los accionistas, además de los 200.000 empleados de la cadena. Si alguien puede hacer reflotar el bote, ése es él. Es el tipo de fe que le tienen dentro de la empresa.
Schultz se ha caracterizado por enfatizar el perfil ético de Starbucks. En su vocabulario, ya sea cuando escribe o pronuncia un discurso, casi nunca faltan palabras como integridad, transparencia y verdad. Además, el tipo se describe a sí mismo como benevolente, cualidad que no suena bien en el mundo empresarial. Sobre todo en los difíciles tiempos que corren.
Schultz se enorgullece de que Starbucks sea una multinacional en la que los sindicatos no son necesarios. Desde que empezó en el negocio trató de hacer un modelo a escala humana, y se dice que la compañía gasta más en planes de salud para sus trabajadores que en importar el café que se vende en sus locales.
Según Bryant Simon, un profesor de historia de Temple University y autor del libro Consumiendo Starbucks: "Schultz cree que ha creado la compañía perfecta, una que puede solucionar los problemas del mundo y alterar el curso de la historia".
Puede que esté lejos de eso, pero en los pocos meses que lleva a cargo del show, ha sido capaz de dar varios golpes de timón. Su convencimiento de que la experiencia de ir a un Starbucks se había arruinado lo hizo cerrar todos los locales de Estados Unidos por tres horas para enseñarles a los empleados a hacer un expreso decente. El simulacro le costó 11 millones de dólares en sueldos y horas sin vender, pero hizo que los medios volvieran a simpatizar con una firma que busca volver a sus orígenes de estándares altos de calidad. Tan así es la preocupación de Schultz, que eliminó varios sándwiches del menú por encontrarlos derechamente malos. Eso, después de escuchar a un par de señoras quejarse en uno de los locales.
La búsqueda por la excelencia lo llevó de vuelta a Italia, donde encontró la receta de una nueva bebida que revolucionaría el mercado. Una mezcla de café, helado y jugo. Una especie de café-postre que estará disponible en los Starbucks del mundo el próximo año.
Hoy, Howard Schultz se junta con Mick Jagger o Paul McCartney para hablar de negocios (el último álbum de McCartney estuvo a la venta en las cajas de Starbucks). Va a late night shows y lee todos los mails que le mandan sus empleados. La idea es recuperar la mística perdida. Pero también la sustancia. La credibilidad.
No parece ser tarea fácil. Pero él tiene una ventaja: hace años fue capaz de convencer al mundo entero de que Starbucks tiene el mejor café del orbe, además de la mejor de las ondas.
¿Por qué no podría hacerlo de nuevo?

martes, 22 de julio de 2008

Mucha Carne


Hace un par de semanas veía con mi viejo el partido de la Católica con Unión jugado en Santa Laura. El partido recién empezaba cuando la cámara se queda pegada en Manolito Neira, la eterna promesa, el enclenque goleador que igual se las arregla para anotar. Mi viejo, sin dejar de mirar a Manolito, rompe el silencio con un: "Era mucha carne para ese cabro".
No lo pudo decir mejor. Siempre fue una gran duda el por qué Pamela Díaz, la guarra más filuda y sexy de este lado del planeta, se había metido con Manolito. Alguna vez los vi caminando en las afueras del Apumanque y el tipo parecía, más que su amante, el hermano chico de ella. Él andaba con un jockey para atrás y un buzo, mientras la fiera andaba vestida para matar, con tacos altos, abrigo medio aleopardado y look recién salido del horno de alguna peluquería del sector. A simple vista, era obvio que se lo comía con zapatos y estoperoles incluídos.
Todo esto para decir que Pamela debe ser el mayor placer culpable de una gran cantidad de hombres chilenos. Por ejemplo, en las palabras de mi viejo contra Manolito, se dejaba asomar entre líneas su admiración por la fiera. Y eso que a él siempre le han gustado las rubias.
Pocos lo reconocen, pero Pamela Díaz es una tremenda fantasía. De seguro, casi nadie sueña con casarse con ella, todos ya tenemos suficientes problemas, pero estar encerrado a solas con la fiera por una hora o dos, es definitivamente algo que uno alcanza a imaginar con cierto gusto.
Ese debería ser el momento de la verdad, el momento en que se sabe a ciencia cierta, si Pamela Díaz es demasiada carne o no. Y si todas las operaciones realmente valieron la pena.

martes, 15 de julio de 2008

Italia en Hollywood


Es raro, pero el cine hollywoodense, algo que todos consideramos tan gringo, tiene sus pilares más fundamentales en los directores y actores de origen italiano. Y no es que sea uno que otro más o menos conocido. Son un montón y de una influencia impresionante. ¿Por qué? No tengo idea, pero aquí va una lista. Me gustan las listas. Hablan solas.

Martin Scorsese
Francis Ford Coppola
Robert de Niro
Al Pacino
Joe Pesci
Brian di Palma
Quentin Tarantino
Nicolas Cage (verdadero nombre: Nicolas Coppola)
Jason Schwartzman (sobrino de Ford Coppola por el lado de la madre)
Leonardo di Caprio
Sofía Coppola
Giovanni Ribisi
Madonna (intenta actuar a veces)
Jason Biggs
Alyssa Milano
Jenna Jameson (La actriz porno, su verdadero nombre es Jennifer Marie Massoli)
Vincent Gallo
James Gandolfini
Liv Tyler (el verdadero apellido de papá Steve es Tallarico)
Jeneane Garofalo
Paul Giamatti
Téa Leoni
Mark Rufallo
Stanley Tucci
Marisa Tomei
Steve Buscemi
Tony Danza
Vincent D´Onofrio
John Travolta
Isabella Rossellini
Lou Ferrigno
Danny DeVito
Susan Sarandon
Sylvester Stallone
Jack Nicholson (Esta es buena. Nicholson es el apellido de la madre. El del padre es Furcillo, un showman que estaba casado con otra al momento de tener a Jack. El tipo ofreció hacerse cargo del niño, pero los abuelos de Nicholson decidieron hacerse cargo ellos mismos. La madre de Jack era sólo una joven bailarina. Hasta 1974, Nicholson creyó que sus abuelos eran sus padres y su madre, su hermana. Nicholson se enteró a través de un periodista de Times que le estaba haciendo un perfil. Al momento de enterarse, su madre y su abuela ya estaban muertas. Nicholson tenía 38 años)
Tony Bennet
Dean Martin
Frank Sinatra
Lou Costello (de Abbott Y Costello)
Rodolfo Valentino

martes, 24 de junio de 2008

I Don´t Wanna Grow Up

Los covers me tienen aburrido. Ya no sorprende escuchar a los Stones en Bossa Nova o a Oasis en versión crooner. Alguna vez fue novedoso, pero ya no. Latea. Ahora, cada vez que escucho un cover, me dan ganas de escuchar la versión original. De hecho, hay veces en que la canción original es vista como un cover, y el cover es visto como la original. Pasó hace algunos años con los Ramones y Tom Waits. Los Ramones hicieron I don´t wanna grow up y fue un semi hit. Pero pocos repararon en que la canción venía del rudo e inclasificable Tom Waits. Estéticas diametralmente opuestas, pero las dos valen la pena. No sé, escribo esto porque tengo ganas de subir los dos videos, ver si alguien se atreve a dar un veredicto.
Igual me cargan los covers. Menos este de los Ramones.

Tom Waits


Ramones

martes, 10 de junio de 2008

Manifiesto 8: Leer


Uno de los grandes debates en la literatura siempre ha sido el por qué se lee. O más bien, si te hace una mejor persona ser un lector. Como que la cultura, la literatura, son palabras tan santificadas, que uno tiende a creer que sí, que ser un devoto sí te hace mejor persona. De otra forma estaríamos poniendo en duda gran parte de lo que llamamos civilización. Por otro lado, nadie se pregunta si ser un matemático o un ingeniero te hace mejor persona, de hecho, nadie da un peso por ellos en el plano moral.
Mucho se dice también, que si el mundo estuviera regido por gente que lee, la cosa sería diferente, estaríamos viviendo en un planeta más humano, pero probablemente más caótico. Lo de caótico lo pongo yo, pero de esa premisa, la del mundo más humano, viene la famosa frase del poeta romántico Shelley en su ensayo En Defensa de la Poesía, esa que dice que los poetas son los legisladores no reconocidos del mundo.
Puede que en su contexto la frase haya funcionado, pero ahora está muy lejos de hacerlo. No voy a entrar en el típico argumento de que ahora hay cable e Internet y radio y que casi nadie lee. Mi idea es sólo decir que en tiempos de Shelley casi todos leían, incluso los más poderosos eran letrados, y el mundo se la pasaba de pelotudes en pelotudes. Y cada una de esas pelotudeces costaban millones de vidas en guerras que no terminaban nunca.
Hace poco le vi una frase al poeta chileno Vicente Huidobro que refuerza esta idea: ¿Cambia un hombre que ha leído todo Shakespeare, o todo Cervantes, o Pascal o Montaigne o Dostoievsky? Sí, Cambia. Y si a la mayoría no le pasa nada es porque no ha comprendido nada.
Algo de razón tiene Huidobro al decir eso, aunque él viene de la casta de los que no trabajan y tienen todo el tiempo del mundo para leer. Al final se puede decir que la lectura tiene el potencial de hacerte un mejor hombre o mujer, pero sus efectos dependen de dos cosas: tú grado de comprensión de lo que lees, y por último, del tipo de información que estás leyendo.
Es que los escritores son toda gente manipuladora, tipos que te puede enganchar con un par de giros idiomáticos. Hitler fue escritor, escribió Mi Lucha, y lo más probable es que la mayoría de las personas que leyeron el libro no salieron bien paradas en el campo ético. Desde ese punto de vista, Hitler fue un escritor tremendamente exitoso. Algo parecido, pasa con Bertold Brecht. El tipo se hizo tremendamente famoso por ser un dramaturgo tremendamente moral, pero en su vida personal era un verdadero perro. Escribiendo hizo creer que era bueno, cuando en realidad era malo. Claro, el tipo escapó de Hitler, lo que nadie dice que esté mal, pero en sus últimos días se paseaba por Berlin oriental con el auto más caro de la ciudad. Brecht, al igual que Neruda, escribió propaganda que poco tenía que ver con su vida, fue un marxista burgués, pero así y todo es un héroe para muchos. Eso sólo lo puede lograr el arte de escribir bien. O leer mal.
Por eso da un poco de risa cuando se dice que vamos a ser mejores si leemos más. Puede que nos haga más completos, pero no sé si mejores en el sentido ético de la palabra. De hecho, me parece que se puede aprender más viendo a la doctora Polo que leyendo a un sicópata-escritor como Easton Ellis.
Difícil llegar a una conclusión. Definitivamente leer hace bien, pero dudo que te haga mejor.