lunes, 14 de enero de 2008

Redención Beat en Contratapa

Este Contratapa está bueno y es el número 50. Ascuchen.

Los beats son la generación de escritores que más impacto ha tenido en la cultura de los últimos 50 años. Se les tilda de adolescentes, de hedonistas perdidos, pero Bazán intenta redimirlos en este nuevo Contratapa.

viernes, 21 de diciembre de 2007

Ignacios Bazanes


Google no es solo una manera de buscar información sobre cualquier cosa, una manera de encontrar fotos de la mina que más te calienta en el momento. Google también es una buena forma de acariciar el ego o destruir el ego cuando uno se googlea a uno mismo.
De vez en cuando practico el ejercicio. Escribo mi nombre y veo lo que sale. Pero más que fijarme en las veces en que el texto o la información corresponde a algo que he hecho, lo que más me interesa son los Ignacio Bazán que andan dando vueltas por el mundo. En Argentina hay tres. O en rigor dos, porque uno de ellos, un ex combatiente de las Malvinas terminó suicidándose a los 42 años a raíz de todo el rollo causado por la guerra. De la existencia del segundo Ignacio Bazán ya sabía desde antes de googlear mi nombre. La novia de Rodrigo Martínez, un ex compañero del lab de revistas de El Mercurio y ahora eminencia gastronómica de Wikén, le había contado a él que tenía como compañero a un tal Ignacio Bazán en la escuela de cine de Buenos Aires. Martínez me lo hizo saber y no supe si creerle, pero google me demostró que el hombre estaba en la cierto: mi símil porteño ya ha dirigido en un par de proyectos. Para cerrar, el tercer Ignacio Bazán toca batería en una banda punk que se llama Espiral, también en Buenos Aires.(es el de la derecha en la foto)
Mi catastro sobre Ignacios Bazanes no me decepcionó. Los tres tienen historias bastantes potentes y los tres también tienen en común que son bastante valientes. O sea, en el primer caso hay que tener agallas para ir a la guerra y hay que tener agallas para pegarse un tiro después. También hay que tener una depresión de la hostia, pero ese es otro cuento. Y en los otros dos casos, igual hay que tener huevos para ser director de cine y ni hablar de estar en una banda punk.
Bueno. Eso fue lo que encontré. Tres Ignacios Bazanes en Argentina. Después me metí a facebook y me encontré con otro, esta vez en España. Claro que no pude ni siquera saber de qué ciudad era porque el acceso a su perfil estaba restringido.
Hoy leo en LUN que hay una tal Paula Salas, una periodista argentina, que quiere hacer una reunión de Paulas Salas del mundo. De seguro que ella consigue hartas más Salas de los que yo pueda conseguir Bazanes, pero el juego es igual de atractivo: debe ser impresionante ver a 100 personas que se llamen igual que uno. A mí ya me da escalofríos los pocos Bazanes que he logrado encontrar. Es como si estuvieran tomando una parte de mi vida prestada y yo estuviera tomando la de ellos. A ver si un día nos juntamos.
Y nos agarramos a combos.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

Manifiesto 5: Fútbol


Es raro, pero nunca he escuchado de alguien que lo traten medicamente por ser adicto al fútbol. Y debería porque conozco a varios a los que les encantaría ser menos fanáticos, contándome yo entre ellos. Es que resulta que en el fútbol, todos los clichés terminan siendo realidad. Bueno, la mayoría de los clichés son verdad, pero ese es otro tema.
Uno lee en los lienzos de las canchas cosas como “pasión inexplicable”, “sentimiento inigualable”, “tu vida da sentido a la mía” y se da cuenta que la cosa es más o menos cierta. Para algunos de nosotros no hay caso, ser hincha de un equipo es una enfermedad incurable.
Para mí la cuestión viene en la sangre, y lo digo aunque suene a otro cliché. Mi abuelo era hincha de la Católica desde chico, de hecho, antes que empezara en el profesionalismo era de colo colo, pero se enamoró del uniforme azul y blanco. Al estadio fue siempre y llevó a mi padre que después me llevó a mí. La primera vez que mi viejo no lo acompaño al estadio porque tenía un carrete, mi abuelo lloró solo en la galería. Ya de más viejo, mi abuelo tuvo un par de ataques cardíacos viendo partidos de la Católica y se le prohibió seguirlos aunque sea por radio. Igual el viejo se las arreglaba para escuchar los partidos hasta que se empezaba a descompensar.
Yo creo que por ahí va mi enfermedad. Mi abuelo, a pesar de ser hincha de la Católica, era ateo y quizás, cambió inconcientemente al equipo por la religión. Para su funeral, en vez de ponerle un crucifijo en el pecho, mi padre y su hermana le pusieron su radio regalona, de esas típicas que los abuelos escuchan pegada al oído. Con ella mi abuelo escuchaba todos los días a JotaEme a la hora de almuerzo, razón suficiente para que mi abuela odiara a la famosa radio y al mismo Jota Eme también, tal vez, el más grande jugo de pelotas del periodismo deportivo nacional.
Con ese tipo de cosas uno se da cuenta que ser hincha de un equipo es un callejón sin salida. A mí por ejemplo, me afecta más cuando la Católica pierde un clásico con la u o con el colo que cuando pierde la selección. Y la razón es súper simple. Cuando la Católica pierde, uno tiene a todos los pelotudos de los otros equipos hinchándote las pelotas. Cuando la selección pierde, por otro lado, jamás vas a tener a un sueco o un venezolano molestándote. Con suerte vas a tener a un argentino o un peruano, si es que nos ganan. Gran parte de la preocupación de perder un partido nace de la anticipación de tener a gilipollas de otros equipos jodiéndote.
¿Para qué preocuparse entonces, dirán algunos?
Aunque ser hincha implique un sufrimiento casi constante, los momentos felices son realmente impresionantes. Uno ha sufrido tanto por el equipo que cuando llega el momento de levantar una copa, uno realmente siente que estuvo dentro de la cancha. O al menos que ayudó un poquito.
Lo raro es que uno sabe que el fútbol es una gilipollez y, así y todo, sigue yendo al estadio y corriendo el riesgo—que tampoco es tan grande—de que te pase algo, lo que se suma a gastar cuatro lucas, muchas veces para terminar sufriendo y ver a tu equipo perder. El acto no puede ser más masoquista, porque cuando eso pasa, uno se va del estadio diciendo que no vuelve más, que es la última vez que “quema” la plata en tipos que no pueden dar dos pases seguidos, pero así y todo, al fin de semana siguiente uno está de vuelta en las graderías triturando uñas y gastando la voz.
Es demasiado extraño. Todos los clichés se vuelven realidad cuando uno quiere un equipo y le canta a 11 tipos corriendo en una cancha. Y lo más raro de todo es que ser hincha es una cosa terriblemente abstracta porque lo único que queda son el nombre del equipo y los colores de la institución. Todo lo demás pasa: jugadores, técnicos y dirigentes. Pero no importa tanto, porque nosotros los hinchas también pasamos. Mi abuelo murió, pero el equipo sigue ahí. La única gran diferencia es que nuestra condena es más larga. Mucho más larga.

miércoles, 21 de noviembre de 2007

Manifiesto 4: Karma


Quién no ha escuchado a alguien con plata decir que los pobres son pobres porque son flojos. Y también ladrones. Y también cochinos. Casi siempre suena a excusa barata y más encima cabrona. Pero lo raro es que la clase alta y la baja, a pesar de que se miren feo y no se puedan ver, tienen harto más en común de lo que podrían llegar a admitir. Harto. Primero que todo, los gustos. Ambas clases son extremadamente pachangueras, claro que con circuitos algo diferentes. El caso es que si se va a la Sala Murano o a La Muralla de Pío Nono o a esas discos que hay camino a Puente Alto, firmado que no va a haber mucha diferencia en la música. Y las minas perrean exactamente igual.
Después vienen los trabajos. Ambas clases hacen pegas bien similares, aunque uno no lo vea así a simple vista. La gente con harta plata, por lo general, tiene algún negocio o es empresaria. La gente con poca plata, de pobla, por lo general tiene algún negocio o es empresaria. El enfoque es el mismo, pero la diferencia es la magnitud de sus asuntos. Si por un lado tienen un conglomerado, por el otro tienen un almacén. Si por un lado tienen un restaurant, por el otro lado tienen un carrito de sopaipas y así...
La última gran coincidencia es la ignorancia. La clase alta ve a la cultura como una pérdida de tiempo y en menor medida, dinero (ver documental sobre el Opus), mientras la clase baja no puede darse el lujo de perder tiempo y dinero en cultura. Las motivaciones pueden ser diferentes, pero el resultado es exactamente el mismo.
Ahora, si algo me enseñó ver la primera temporada completa de My Name is Earl, es que existe una cosa llamada Karma. Cuando Earl actuaba bien, tarde o temprano, le iba bien. Me gustaba pensar que así es el mundo allá afuera. Claro, si no suena nada de mal, pero uno igual sabe que eso no se puede aplicar completamente a esta vida. Hay tanto hijo de puta dando vueltas que es feliz y tantos puros de alma e los que les va horrible, que uno sabe que el concepto de karma de Earl no es enteramente aplicable. Ser bueno ayuda, pero no es determinante, por lo menos en esta vida. Earl entonces, era un budista a medias, un chanta encantador y con suerte.
Ahí fue que me di cuenta que ser Budista casi de verdad es lo mejor que le puede pasar a alguien con mucho dinero. En vez de decir que los pobres son pobres porque son flojos y quedar como pelotudos, podrían decir que los pobres son pobres porque actuaron mal en sus vidas pasadas. Listo, se acaba el problema. Onda, un vagabundo fue Hitler o una puta de poca monta fue alguna princesa maldita de la rusia zarista. Y eso se le dice a toda la descendencia, cosa que no sientan pena por gente que sólo está pagando sus culpas.
Claro que después viene la pillería, porque para ser budista a full hay que actuar bien siempre, o casi siempre, lo que significa que hay que ser justo con los empleados y tratar de subir el nivel de los que te rodean. Es innegable que algunos empresarios así lo han hecho, pero otros son bastante recatados en el tema. Una lástima porque a todos, si nos portamos mal, nos llega.
Como dice Earl: “Karma tarde o temprano vendrá a patearte el trasero”. A mí ya me lo ha pateado. ¿Y a ti?

martes, 13 de noviembre de 2007

Manifiesto 3: Hacerla


Uno sabe que lo logró cuando sale estirando un cigarro en una foto como esta.

martes, 6 de noviembre de 2007

Guatón Sexy


Tengo un primo neoyorkino fanático de Luis Buñuel, de esos seguidores que se saben las películas por secuencia y planos y que se adentran en recónditos detalles biográficos. Me acuerdo de una vez en que mi primo se quedó en mi depto de Montreal y de un viaje que hicimos en bus en el que me contó una historia de Buñuel que nunca se me olvidó, no se por qué. El hecho de que no se me haya olvidado es bastante decidor porque tiendo a olvidar buenas historias con más facilidad de la que quisiera. Claro que esta intro no sigue, se termina acá, no vaya a ser que se desilucionen con el cuento.
Parafraseo: Está Buñuel tomando once con su productor en algún hotel de París. Están en el bar-restaurant del hotel, obvio. También están conversando sobre los arreglos para la próxima película francesa del mismo Buñuel. En el bar hay una rubia despampanante, in-far-tan-te como dirían en Lun. Toma cualquier chica Bond y agrega una cuantas gotas más de sexo en la mirada y tienes a esa rubia. El productor tiene el campo abierto para mirar a la chica en todo su explendor y termina fijando su mirada en ella. Buñuel, desafortunadamente para él, da la espalda al bombóm. El productor es un gordito cincuentón sin mayor atractivo, pero como es hombre, igual intenta coquetear. “Si me mira es porque no estoy tan acabado”, piensa el tipo con esperanza.
Buñuel habla y habla sobre el próximo film y nota que el productor está algo ido. “¿Pasa algo?”, pregunta Buñuel. “No, no pasa nada”, responde el gordito tratando de pasar piola.
Al otro lado, la rubia le ve algo al gordo y empieza a flirtear. Lo mira y lo mira al gordo sin parar. El productor no lo puede creer y se despreocupa de lo que habla Buñuel.
“¿Pasa algo?”.
“No, Luis, sigue no más”.
El gordo no entiende mucho, pero se empieza a sentir seguro cuando un tipo atractivo y adinerado se le acerca a la rubia y esta se lo saca de encima con poca sutileza para seguir mirando hacia su mesa. “De verdad debo gustarle”, piensa el guatón, ahora con definitivo entusiasmo.
Mientras tanto Buñuel sigue bla, bla, bla hasta que para en seco. Se da vuelta a mirar qué es lo que distrae al guatón y se encuentra con la rubia infartante.
“Ya entiendo”, le dice al gordo. “La mina esa está en celo, pero nosotros somos dos profesionales, no?. Si quieres vas hacia ella y le hablas y no hay drama: dejamos esto para mañana. Claro que si te quedas en la mesa conmigo, me tienes que escuchar. No quiero perder saliva hablando por las puras”.
“Luis, todo bien. Yo te escucho. Somos dos profesionales”, contesta el gordito con su cancha de productor de pelis.
Buñuel retoma la conversación y pasan un par de minutos. Es el gordito el que ahora interrumpe. “Luis, tienes razón. No puedo concentrarme. No se qué me ve, pero esa rucia no para de mirarme. Voy a hablarle y si no vuelvo en cinco minutos retomamos esto mañana”.
Buñel lo mira sin decir nada, pero le hace un gesto para que vaya. Y el gordo se para y va.
La conversación del gordo con la rubia marcha de las mil maravillas. Ella se ríe de todo lo que él dice y el se siente encantador. No hay necesidad de tomar un segundo trago. Ella deja la pelota dando botes para que él la invite a subir a su habitación. Y él, obvio, la invita.
Suben y hay besos en el ascensor, toqueteos también. El botones mira para otro lado mientras el gordo se mentaliza en hacer un papel digno y en no irse demasiado rápido. Finalmente llegan a la pieza y los besos son más largos y los agarrones más bruscos. El gordo toma sus pechos y los muerde pretendiendo ser una fiera. Ella se ríe. El gordo se envalentona y se calienta con la risa y decide acortar el preambulo. Le saca la blusa primero y cuando finalmente se desliga del sostén, nota que la rubia tiene algo escrito en sus pechos: “Gentileza de Luis Buñuel”, dice el pedazo de carne más insolente de la historia.
“!Buñuel hijo de puta!”, grita el gordito con más pena que rabia y cae al piso de rodillas.
Muy productor habrá sido, pero tardó años en recuperar el orgullo.

domingo, 28 de octubre de 2007

Máquina de Huesos


Muchos músicos constantemente alegan que lo que hacen, los críticos siempre terminan poniéndolo en una categoría. Eso es culpa de ellos. Jack White de los White Stripes dice que cuando rockea, los críticos dicen que sus canciones son "zeppelinesque". Cuando se tranquiliza, sus canciones son "beatlesque".
Malas noticias, Jack, porque cuando juegas rudo de verdad suenas a zeppelin, y cuando apuestas por la melodía de verdad suenas a los beatles, un gran honor, por cierto.
¿Es eso tan malo?
Si pretendes reinventar la música puede ser horrible, pero si quieres ser una buena banda, que la gente te vaya a ver y compre tus discos, sonar a algo puede ser lo mejor que te puede pasar.
En eso, hay que poner las cosas en la balanza. Tom Waits viene reinventando la música hace rato, pero nunca va a vender como Jack White simplemente porque no le importa. Además, Waits no se queja de las clasificaciones de los críticos porque ninguno puede clasificar lo que hace. Cuando se trata de Waits uno puede decir aquí hay jazz o folk o música industrial orgánica, pero uno no puede decir "esto suena a Dylan o a Pet Shop Boys".
Es cosa de revisar su carrera. Su albúm debut, "Closing Time", es lo más clasificable de lo que hizo porque sonaba a trovador acústico en la línea del mismo Dylan o Nick Drake, justo en el tiempo en que fue telonero de Frank Zappa. En esa gira lo pasó mal, nadie lo entendió.
Después vinieron una seguidilla de discos en el que el jazz fue incrementando su presencia. Para su cuarto albúm, "Small Change", ya no había guitarra, sólo una banda de jazz que no sonaba tanto a jazz, en la que Waits se encargaba del piano. También hay que decir que con el correr de los años su voz se hizo cada vez más rasposa, como si la hubiese remojado en bourbon y un par de cajetillas todas las noches.
Pero justo cuando la gente se acostumbraba al poco convencional jazz de Waits, el cabrón dio otro gran giro. Volvió a tomar la guitarra, pero esta vez, para tocar una especie de blues (por decir algo) sacado del infierno. Sucia-sucia la música, pero a la vez, tremendamente bella. Un escupo rabioso y sublime. De esa época viene su trilogía mejor lograda: Swordfishtrombones, Rain Dogs, y Frank´s Wild years.
Paralelamente, Waits hacía una que otra pega de actor. Extremadamente recomendable es Down by Law, la peli que hace con Roberto Benigni y John Lurie, dirigida por Jim Jarmush. En ella Waits, Benigni y Lurie comparten una misma celda, se llevan pésimo, pero escapan juntos. Benigni no habla inglés, y los otros dos lo tienen de perrito faldero. Pero todo funciona, sobretodo si hay un par de canciones de Rain Dogs en el soundtrack.
Actuando conoció a su esposa en los setenta, la actriz Kathleen Brennan. Waits dijo que se enamoró cuando la vio perforándose el labio en una apuesta y ponerse a tomar café un rato después. Con ella se compró un rancho en California donde vive hasta el día de hoy. La gente que vive cerca tiene suerte porque Waits se presenta a tocar en la taverna del lugar de vez en cuando. Increíble, porque Waits no sale mucho de gira.
Durante los noventa el hombre se industrializó, se puso pesado, sin abandonar sus oscuras baladas marca registrada. Bone Machine es un gran albúm en que pareciera que las percusiones fueran hechas con huesos humanos en vez de baquetas.
Lo importante es que Waits es de esos tipos que inventan géneros, que lo abarcan todo, como García Márquez: todo el que hizo realismo mágico después de él pareció un impostor. Con Waits es parecido, pero nunca tanto, porque nadie se ha atrevido a imitarlo. Habría que ser muy cara de raja.